sábado, 21 de febrero de 2015

Indignati: un óptimo paleto.

Hace un par de años me topé con dos artículos, que podría calificar de fundamentalistas, cuyos autores alardeaban de conservadurismo. Presumiblemente eran de procedencia estadounidense, del país de la democracia, la libertad y las oportunidades, donde la variedad étnica, religiosa y cultual fabrica algunos discursos igualmente variados y sorprendentes que, a mi parecer, se hunden en el fundamentalismo religioso. Más raro me parece, sin embargo, encontrar algo semejante en ciertas filas españolas de la actualidad, de esta España de hoy, confusa, rara, agitada y burbujeante, sobre la que una no sabe si va a explotar algo o todo se va a quedar como siempre, aunque ambas cosas, sin lugar a dudas, son un ir hacia todas partes.
He leído un artículo en el blog de un indignati sobre el tema del machismo vs feminismo, que me ha dejado pasmada, aún más, muy decepcionada. Lo curioso de todo esto es que he encontrado una semejanza muy grande entre aquellos artículos y éste... Digo esto, por el turbio modo en que se remueven los argumentos de ambos.

Veréis. Cuando nos encontramos naturalezas más pequeñas, para entablar diálogo no queda otra que descender a la ciénaga, y desde ella voy a intentar dar mi opinión. ¡Qué otro remedio me queda!

Indignati parece que no entiende el uso del término igualdad aplicado al trato hacia las mujeres. Pero se lo voy a explicar. Igualdad hace referencia a oportunidades, a trato, a salario, educación, etc, en general a tener acceso a todas las cosas en las mismas condiciones que merece todo ser humano. Es sencillo de entender, ¿verdad? Pues Indignati sólo se refiere a igualdad física entre hombres y mujeres, cosa harto imposible biológicamente y, por otra parte, irrelevante; porque la igualdad física tampoco existe entre miembros del mismo sexo. De ahí, una cosa tan sencilla de entender como que en el boxeo -y quizá otro tipo de deportes o disciplinas- existan categorías: peso pluma, peso pesado, etc. para el mismo sexo.
En fin, creo que no hace falta meterse en más dibujos.

Otro punto que menciona Indignati con muchísima sorpresa es la existencia de los tribunales especializados en la violencia contra las mujeres. Debo confesar que a partir de la lectura de este párrafo empecé a poner en duda la cordura de este individuo, que se pregunta: ¿a qué viene acotar? ¿Que exista un tribunal específico para proteger a la infancia es una acotación innecesaria? O que haya artículos en nuestra Constitución que hagan mención expresa a que no se hará discriminación por raza o por religión, ¿es una acotación innecesaria? Señor Indignati, vivimos en España, donde predomina la raza blanca, y la religión católica, y hay niños ¿me está usted diciendo que hay que suprimir esas leyes que “acotan” derechos concretos que merecen ser tenidos en cuenta, por poca representación numérica que tengan esos grupos en nuestra sociedad? Pienso que tanto las mujeres -lo mismo que los niños y otras razas- tienen representatividad y derechos concretos y específicos a sus naturalezas. Los tienen los animales y los muertos.
En mi opinión, a Indignati le aprietan dos cosas: la necesidad de huir y el sentimiento de amenaza. Lo que se puede resumir en un despecho muy profundo, llámese madre o novia, o ambas cosas juntas.

Por otro lado, no pude más que reír ante la escena que dibujó: una mujer de dos metros moliendo a escobazos a su marido de metro sesenta y cinco. No afirmo que sea imposible, pero tengo serias dificultades para introducir esta escena en un universo conocido. Parece que Indignati no ha oído hablar del dimorfismo sexual ni de qué modo se manifiesta. Amigo Indignati, se te ve el plumero: cuando una acción -como la violencia de género, maltrato infantil- se da con una cierta frecuencia hay que crear medidas y programas específicos para poder combatirlos de forma individualizada, y para que se actúe con la mayor celeridad. Lo mismo que en los casos de racismo, xenofobia, transfobia, homofobia, discriminación religiosa, etc., por poco presentes que estén estas acciones en nuestra sociedad española. Si hay una posibilidad de que algo de esto ocurra hay que combatirla inmediatamente y sin “peros” que valgan. Aquel que afirma que está en contra de la violencia de género, o contra cualquier otro grupo social que sea vulnerable, por el motivo que fuere, y después aduce un “pero” echa por tierra su afirmación primera: si está en contra no hay peros que valgan. Háztelo mirar, Indignati: necesitas tratamiento.

Indignati, en su discurso se dice a sí mismo: “es que piensa en esas mujeres a quienes pegan en casa, y no se atreven a denunciarlo por miedo, y...”.
Voy a rizar el rizo de la misma forma como él lo hace. Esos puntos suspensivos son muy sugerentes, insultantes quizá. Pondré un ejemplo, aunque un tanto extremo, ilustrativo: los judíos quedaron paralizados frente a los nazis, atenazados por el miedo; no pudieron reaccionar (excepto los del gueto de Varsovia que, como todo el mundo sabe, luego fueron masacrados) por la sencilla razón del desequilibrio de fuerzas. Soldados armados hasta los dientes frente a civiles indefensos (ancianos, hombres, mujeres, niños...). Y existe un grupo conocido como Revisionista, que pone puntos suspensivos a la actitud de los judíos de los cuarentas e, incluso, niega el holocausto porque no se defendieron y le parece imposible que esto último pudiese ocurrir. Este es el dibujo que me vino a la cabeza cuando leí la frase de Indignati que he puesto ahí arriba: Revisionismo.
Cuando un hombre golpea a una mujer -muchas veces con resultado de muerte- el cuadro ante el que nos encontramos es el de un desequilibrio de fuerzas: un hombre puede medirse por la fuerza con otro hombre; una mujer puede hacerlo frente a otra mujer; niños de la misma edad y tamaño pueden hacerlo entre ellos; pero raras veces una mujer puede devolver los golpes a un hombre con la misma magnitud, lo mismo que un niño no puede devolvérselo a un adulto que le agreda físicamente.
Repito, no hace falta meterse en más dibujos.

Indignati se corona de gloria al afirmar que cuando las mujeres consigamos la igualdad absoluta, “nos arrepentiremos porque se nos acabará el chollo de entrar gratis en las discotecas”. Lo que él propone con esta afirmación es una forma de prostitución indeseada, porque convierte a las mujeres en un reclamo sexual normalizado y banaliza el acoso sexual al promocionarlo.
Ante semejante afirmación, sólo se me ocurre una cosa: Indignati ha llegado a su óptimo paleto.
Vuelvo a repetir: no hace falta meterse en más dibujos.

Cuando haya igualdad absoluta para todo el mundo independientemente de su sexo, raza, tamaño, religión, inclinación sexual e identidad de género, Indignati, no harán falta tribunales y leyes específicos que “acoten” delitos que ya no existen.

Como he dicho ahí arriba, aunque no sepamos hacia dónde vamos, queramos o no, vamos hacia todas partes. La sociedad evoluciona y el feminismo con ella, aunque moleste a unos cuantos. Comprendo que algunos se sienten muy cómodos con las costumbres, para eso están las tradiciones, para que uno se conforme con la vida que tiene. Pero es algo que no se puede imponer; el que quiera quedarse atrás que lo haga libremente y que no intente detener a los demás. Y si te quedas sólo, es tu problema. Parece que todo lo que constituye un avance o un progreso social recibe críticas porque atenta contra la costumbre, contra una especie de sentido común retrógrado que se siente cómodo con el statu quo y piensa que no hay que gastar energías en modificar algo que piensan que funciona. Seamos serios: hay que ser coherente; no se puede ser tan inmoral.

Por otro lado existe una clase de personas que cree para que haya diálogo, argumentar es criticar o llevar la contraria; ellos saben lo que quieren decir, pero nunca dan un argumento bien elaborado y siempre acaban con un “yo me entiendo” o un "no me entiendes". Al menos, Indignati, en tu artículo podrías haberte esforzado aplicando arabescos verbales. Pero ni eso: la vulgaridad y la grosería han campado a tus anchas, muy propio del ejercicio de una voluntad débil en la que la ética se degrada sin remedio.
En tu artículo, Indignati expones todas tus debilidades: parece el escupitajo de un resentido. Pero tienes que hacerte responsable de tus palabras, porque lo eres. No vale decir dentro de unos años “es que era muy joven”. Porque nuestras palabras educan, queramos o no; y si son necias, como las tuyas, te rodearán los necios en los que germinen, ellos serán tu espejo.
La tuya no parece una declaración de principios sino de frustraciones. Y ante ello pienso que la tiranía de los tontos es como una enfermedad que acecha generación tras generación, contra la que la única vacuna posible es la inteligencia. Lástima, esa vacuna no existe. Y las leyes que estos tiranos pretenden prender en las conciencias intentan amoldar la voluntad de los demás hasta el punto de tolerar el sacrificio de otros con tal de justificar sus estúpidas ideas.

Ante artículos como el de Indignati, una piensa que de pronto el juicio les ha abandonado y no tienen otra escapatoria que vomitar toda la acritud que les provoca su resentimiento: un error psicológico colosal.

miércoles, 7 de octubre de 2009

LA CIENCIA EN ESPAÑA NO NECESITA TIJERAS


He tenido el blog paralizado, por pereza, durante bastante tiempo; pero como hoy me he unido a la iniciativa de La Aldea Irreductible aprovecho para remover algunas telarañas.

Allá voy. Acabo de cumplir veinte años y soy estudiante de segundo curso de Historia y primero de Matemáticas, así simultáneamente, como quien no quiere la cosa.
Respecto a la ciencia y España, ese binomio extraño, tengo la mosca detrás de la oreja y puede que al final me acabe marchando, quizás a Japón. Pero empezaré desde el principio.

Casi nazco en el Museo de Prehistoria y Arqueología. Mi madre estaba muy de parto, pero una lista comadrona decidió que todavía estaba verde y la mandó a la calle, a caminar. El Museo estaba cerca de la clínica y mi madre, que no podía con su alma ni con la mía, entró e hizo lo que se le había mandado, caminar dos pasos y sentarse en los bancos ¡bancos en un museo! de entre las vitrinas. Una hora después o un poco más, pero no mucho, yo estaba viendo la luz de este mundo a las dos del medio día. Y la casualidad hizo que, con el paso del tiempo, yo me fuera aficionando a la Prehistoria y la Arqueología, ¡qué cosas!, y en ésas estamos... si NADIE ME LO IMPIDE.

Lo de la ciencia me lo debieron poner ya en el biberón; en casa he aprendido que el cuerpo es el vehículo que tenemos para explorar el mundo; y que el mundo se comprende gracias a las ciencias que vamos creando a medida que lo vamos descubriendo. O sea, con Ciencia e Investigación, vaya.

Ahora resulta que la investigación científica, que en España nunca ha estado demasiado boyante, va a sufrir recortes. Lo que faltaba. ¿Y mi futuro? ¿Mi sueño de ser arqueóloga? ¿Qué pasa con eso?

Por eso digo ¡NO! a los recortes en investigación científica; porque la Prehistoria y la Arqueología son ciencias multidisciplinares, cuyo éxito en buena parte depende de los avances de las demás disciplinas científicas. Digo ¡NO! porque no quiero que mi país se detenga y pierda futuro por tonterías;
Y digo ¡NO! porque quiero tener el futuro que anhelo.

España tiene un patrimonio arqueológico extraordinario, riquísimo e interesantísimo.
SEÑORES POLÍTICOS ¿VAIS A PERMITIR QUE MI SUEÑO NO SE CONVIERTA EN REALIDAD? ¿ME VAIS A DESDPOJAR DE LA OPORTUNIDAD DE REALIZARLO?

Así que aquí lanzo mi grano de arena, con mi IMPORTANTÏSIMO MOTIVO: tengo un sueño, tengo todas mis ilusiones puestas en él y, además, no quiero que España sea un país sin futuro científico. Si eso pasa me acabaré marchando con mi petate de ilusiones a otro país.


martes, 25 de septiembre de 2007

Un magnífico descubrimiento.

Holaaaaa a todos:
Estoy entusiasmada por varias cosas. Ya estoy en la Universidad, y por fin voy a dedicarme a estudiar lo que me gusta: Matemáticas e Historia; no sé si sabéis que quiero ser arqueóloga. Os preguntaréis qué pintan las matemáticas en esto, pero lo cierto es que pintan mucho; las matemáticas se pueden aplicar a todo.

Además, estoy encantada por haber descubierto a Leonard Cohen. Aquí dejo una muestra de una de sus canciones, Hallelujah (no puedo dejar de oírla), en una version de Kurt Nilsen, Alejandro Fuentes, Espen Lind y Askil Holm, un grupo noruego.

Ya me contaréis qué os ha parecido.

viernes, 9 de marzo de 2007

El Inalcanzable Mundo.

Como había exigido mi padre días atrás, desde el último incidente mi madre se ocupó de mí. Así que empecé a pasar largos ratos con ella sin entrar en una actividad definida. La verdad es que al principio me aburría bastante. Aunque no se desesperaba conmigo como le pasaba a mi padre. Ella simplemente decía “muy complicado” o “no estoy muy segura”.
Con esta nueva “circunstancia” abordaba otra faceta de la realidad del mundo de los adultos: el de las mujeres a solas.
Mi madre me contó que las mujeres años atrás eran una especie de adorno, pero que ahora empezaban a intervenir en el mundo y no había que preocuparse demasiado. Me explicó que con inteligencia y cultura, una mujer podía llegar muy lejos. De inmediato me acordé de Roma y le pregunté si las mujeres podíamos encontrar algo de lo que buscamos en Roma. La tranquilidad de mi madre era adorable:
-¡Oh, lá, lá! ¡Claro, mon cheguí! ¡Qué preguntas tan raras haces! ¡Qué ingenio! Una mujer en Roma consigue cualquier cosa, cheguí. Desgraciadamente -dijo- estar a la sombra de un hombre algunas veces es necesario.
-¿Por eso perdemos el apellido al casarnos –pregunté- porque compramos con él la sombra de un hombre?
-¡Oh la lá! ¡Muy complicado, mon cheguí...! Dejaremos esta cuestión para otro momento.
Mi madre tenía fotografías de actores del cine clásico repartidas por toda su habitación. A veces, cuando necesitaba relajarse, las copiaba a carboncillo. Era una verdadera artista. Mientras hablábamos me daba papel y lápiz para que yo también dibujara. Mi abuela, que tenía la misma afición, tenía colgado un dibujo que había copiado de una foto del Papa. Un día pregunté quién era ese artista y en qué película podíamos haberlo visto. Mi abuela se disgustó bastante y acabó reprochando a mi madre la ignorancia en la que me tenía sumida respecto al tema. Mi madre prometió ocuparse personalmente. Pero no lo hizo. Creo que tomó esta decisión por no verse complicada con mis preguntas. Con su actitud quedaba claro que a mi curiosidad no había que hacerle más regalos.
Nunca he creído en fantasmas y sobre el asunto de Dios todo fue muy breve. Un día me explicaron que convive en espíritu con la mayor parte de la población del planeta. Más tarde supe que ha creado graves enfrentamientos a lo largo de la historia y en la actualidad. Y yo he ido conociendo a mucha gente que cree en Él y a la vez insiste en que los espíritus no existen.
Dejé de ir a la playa con mi padre y mis hermanos aunque, a diario, me invitaban a acompañarlos. Resulta que al lado de mi madre fui comprendiendo que el carrusel de las mujeres se mueve de una forma diferente. Comprendí que ellas se ven constantemente entre un futuro y un pasado que se persiguen el uno al otro; y yo, sin saber quién de los dos ha empezado a correr el primero.
La exclusión a la me había obligado mi padre, en parte, me daba la clave para un razonamiento: yo ya no era cosa suya. Mi conclusión fue que ya esperaba poco o nada de mí. Y ¿entonces? ¿Qué esperaba él de mi madre? ¿Y yo? ¿Qué podía esperar yo de ambos? Me quedé con la impresión de que del asunto femenino cuelga una añoranza, como un sueño inteligente que se consume en una tierra de promesas.
El teléfono es uno de los inventos más revolucionarios de la humanidad. De una llamada depende que el mundo de los adultos flote de felicidad o se desmorone sin remedio.
Estaba acabando el mes de agosto, cuando una mañana, muy temprano, alguien del ministerio llamó y mi padre se quedó profundamente abatido. Mi madre estaba muy nerviosa, como si de aquella llamada dependiera el futuro de toda la familia. Por el estado en que se encontraba mi padre, casi llegué a pensar que el mundo se acabaría al día siguiente.
Cada vez que me acercaba a mi padre, mi madre venía veloz y me sacaba de su lado. Ahora comprendo que me tenía miedo. El pobre, difícilmente hubiera podido soportar una sola de mis preguntas.
Mi madre me explicó que habían aprovechado las vacaciones de todo el mundo para destituir sin escándalo al ministro de mi padre. Y, claro, el pobre se había quedado colgando de su puesto. Yo encontré rápidamente una solución a su problema, no tenía más que abandonar su realidad giratoria y ajustable, y pasarse a nuestra realidad móvil -la del columpio- e impulsarse más alto. Si su carrusel ya no funcionaba no debía pagar a nadie para volverlo a mover: era injusto y humillante.
Por la tarde, conseguí zafarme de la vigilancia de mi madre y me colé en la biblioteca. Mi padre estaba sentado en su mesa de trabajo, mirando pensativo unos documentos. Parecía que estaba repasando una historia. Tiempo después supe que preparaba su currículo. Me acerqué a él lentamente, indecisa; no sabía cómo iba a reaccionar. Levantó la cabeza y me miró. Dudó unos instantes y me tendió un brazo para que me acercara. Me abrazó muy fuerte y yo aproveché para decirle al oído: papá, pásate a la realidad de los locos e impúlsate más alto.
Esperaba que se levantara y saliera pidiendo socorro, o que me echara. Pero no hizo nada de eso.
Me dijo: claro que sí, pequeña; no tienes que preocuparte por nada.
A la mañana siguiente, salió en el primer avión con destino a Paris. Y esa misma noche sonó el teléfono: buenas noticias. Todo había ido bien.
Mi madre se abalanzó sobre mí y me besó efusivamente.
Decía: ¡Gracias a Dios, gracias a Dios! ¡Papá ha ascendido! ¡Es ministro! ¡Gracias a Dios!
Yo me quedé estupefacta. Pero, ¿es que mis padres no hablaban? Mi padre había seguido mi consejo y mi madre daba las gracias al Espíritu del planeta.
Este día comprendí que el mundo de los adultos era inalcanzable. Yo nunca estaría a la altura. Nunca querría estarlo.

Mi pobre Padre.

Cada día, tras el almuerzo, mis dos hermanos y yo íbamos con mi padre a la playa. Él era tan popular que no paraba de saludar. Cada poco debíamos detenernos bajo un sol que escocía en la piel. Comprendía a mi madre, que odiaba la playa porque se tostaba; a ella le gustaba únicamente pasear en yate.
Mientras mis hermanos jugaban despreocupadamente, yo me acercaba a mi padre y sus amigos, y poniendo toda la atención posible intentaba memorizar las palabras que no entendía. De vez en cuando me miraba incómodo para que me apartara. Mi actitud debía resultar muy evidente. Después, ya a solas, recriminaba con severidad mi mala educación. En el fondo debía de hacerle gracia, porque luego se suavizaba y me decía que si había algo que me interesase mucho podía preguntárselo. Yo no dudaba un instante: ¿qué es un congreso? Y me quedaba mirándole fijamente, a la espera de una respuesta convincente. Pero no me contestaba. Estaba segura de que tardaría días en hacerlo. Primero tenía que preguntarse si se estaba equivocando en algo; lo hacía en voz alta, moviendo la cabeza, como si se estuviera sacudiendo algo muy molesto. Luego, cuando se cruzaba conmigo, sólo me miraba. Unos días después, armado de paciencia y con una respuesta estudiada, intentaba explicarme las cosas.
Mi padre parecía tener mucha prisa siempre. Pero también tenía esa actitud tranquila del que ha hecho buenos propósitos. Estaba claro que la realidad no le acababa de ajustar como él quería.
Sobre si la locura dolía no tenía certezas. Pero sí tenía razones para creer que la realidad podía resultar molesta. Para mi padre debía serlo aunque le ajustara perfectamente. Además tengo la completa seguridad de que se arrepintió de sus buenos propósitos tantas veces como pudo.
En el colegio había aprendido que el ser humano no ha sido siempre igual a lo largo del tiempo, y que había habido otras épocas con sus realidades correspondientes, en las cuales los hombres habían vivido perfectamente adaptados a ellas. La realidad seguía siendo el factor común.
Yo sabía que cada vez que un hombre convence a todos los demás de algo, la realidad se queda clavada eternamente, siempre que no venga otro a contar otra cosa que parezca mejor y vuelta a empezar.
Pero también había aprendido que las cosas dichas con seguridad pueden convencer, aunque no tienen porqué ser ciertas. Por ejemplo, cuando mi madre nos mandaba a la cama porque teníamos que estar muy cansados. Lograba convencer a toda la casa, a mi padre, a mi abuela: era la cancioncita de las nueve. Había llegado la maldita hora, aunque no había una gota de cansancio ni de sueño en nosotros.
Mi padre un día me contó que había un ley física que habla de la inercia y que provoca que las cosas se queden como están. Me explicó que una cosa que se está moviendo tiende a seguir haciéndolo, mientras que si está quieta hay que empujarla para que se mueva. Quizá el pobre estaba intentando contestar alguna de mis preguntas. Pero como mis conocimientos de física estaban todavía verdes, no debí entenderle muy bien y le dije que la realidad en los adultos marchaba muy despacio, y a los niños nos iba deprisa porque disponíamos de poco tiempo para alcanzarlos.
Mi padre me miró perplejo y salió huyendo.
Pero yo ya estaba segura de que por eso la realidad en la historia había sido tan lenta: si el poder hubiese estado en manos de los niños, el ser humano hubiera avanzado más rápido.

Un Santo. Mi Padre es un Santo.

Con la curiosidad golpeada y empeñada todavía en conseguir un poco de soledad, abandoné el espionaje y empecé a frecuentar la biblioteca.
Estaba segura de que los libros despejarían mis dudas.
Al principio me dediqué a curiosear los títulos. Con cada uno que me gustaba me decía, “este me lo voy a leer”.
Varios días después mi padre me sorprendió allí encerrada. Se mostró bastante extrañado. Empezó a parpadear rápidamente, como si le estuviese naciendo un tic nervioso. Sin articular palabra se me acercó despacio y me dijo: ¿qué estás fisgando?
El tono era complaciente, menos mal. Noté que su voz le pesaba, más lenta de lo habitual, como si la gravedad tuviese más efectos de los habituales.
Me sentí descubierta. Pensé que debía disimular. Así que me acerqué hasta el balcón en busca de una respuesta neutra; pero encontré, entre los troncos de dos árboles, un tronco azul que mostraba los azules del mar y del cielo, pegados. No dije nada. Él me siguió y apoyó su mano en mi hombro. Le miré en silencio y descubrí que en sus ojos también había dos azules pegados.
Me dio pena mi padre. Yo debía resultarle desconcertante.
Sin poder remediarlo le pregunté si todos los libros que había en la biblioteca contaban más o menos lo mismo. Me respondió que la biblioteca era el lugar donde se guardaba el pensamiento de muchas personas inteligentes y que era muy importante consultarlos.
Pero yo insistí: ¿todos cuentan lo mismo o no? ¿Es necesario que haya tantos?
Entonces me explicó que muchos escritores coinciden en lo que piensan, pero que lo interesante era el modo en que se decían las cosas, el punto de vista de cada uno.
Me quedé callada unos instantes. Después exclamé: ¡pues, si se ha escrito tanto, y los escritores tienen que repetirse, es porque desde hace tiempo ya no queda nada nuevo que decir...!
La cara de mi padre se desencajó, pero yo ya no podía parar: papá, si todos los caminos conducen a Roma, ¿por qué no van allí los escritores a buscar ideas nuevas?.
Tras la palabra realidad vino “circunstancia”.
Esta palabra –circunstancia- estaba en boca de los mayores todo el día. La cocinera estaba gorda por la circunstancia de su oficio. Y debía ser verdad, porque los cocineros que conocía -en el colegio había dos- eran gordos.
Según esto, circunstancias iguales debían dar el mismo resultado.
El diccionario me aclaró poco. Pero me quedaba mi padre.
Enseguida se acordó de la pregunta del “congreso”, que no me había contestado todavía. Puso la disculpa de que había estado esperando la oportunidad para explicármelo, en cuanto le disparase la siguiente pregunta.
Lo cierto es que me tenía miedo, porque mis preguntas –así me lo dijo- le complicaban la vida. Me froté las manos pensando que ya empezaban a encajar cosas. Me explicó que un congreso es una reunión de gente muy importante y con mucho poder, en la que se expone o se toma alguna decisión sobre un tema que concierne al Estado.
Y aquí le pregunté si esos temas tan importantes eran reales o inventados.
Mi padre palideció: pero, ¿tú que has estado escuchando?
Pues lo que te decía el señor tan importante que vino a comer, contesté. Tenéis que hacer un congreso para mucha gente porque hay que quedar bien con el hermano del ministro.
Y para terminar de arreglarlo solté: …y también oí que iba a costar muchos francos inventar un tema.
Fue entonces cuando me explicó que la “circunstancia” era como un accidente que influye sobre algo o alguien, y que a veces es conveniente provocarlo como por ejemplo, idear cosas para que una nación marche bien.
Y yo, que había entendido perfectamente, disparé:
¿Para que la realidad ajuste en Francia como un traje nuevo, papá?

La respuesta está en Roma.

Adoraba el silencio; era como una situación de reposo. Un solo instante de ésos era perfecto para observar las cosas y pensar un poco.
El silencio, en una casa con tanta gente, era imposible de mantener; resultaba demasiado delicado. Pero encontré un buen sustituto, en algunos momentos de soledad.
Estaba volviendo loco a mi padre con mis preguntas. Y nada me podía detener ya.
Mi padre decía que a mi edad "doce años- ya iba siendo hora de que se ocupase de mí, mi madre. Pero mi madre no era suficiente. Todo era demasiado sencillo para ella.
Hasta el momento mis preguntas habían ido cayendo en esta realidad sobre la que yo daba tantas vueltas, la de lo oportuno. Pero no acababa de encontrar respuestas convincentes. Cada una de aquellas respuestas, casi siempre, quedaba colgada de otra duda. Y una duda empujaba a otra. Al final solo había promesas.
Yo lanzaba mi pregunta favorita: .œpapá, ¿la locura duele?.
El golpe debía de ser tremendo; siempre la misma respuesta, la respuesta comodín: .œcuando seas mayor lo entenderás mejor, o te lo explicaré de otra forma, o no tienes edad de pensar en esas cosas.
Y la maldita conclusión: .œtodos los caminos conducen a Roma.
Nada deseaba yo tanto como el futuro.
En cuanto pudiese, viajaría Roma para encontrar la conclusión del mundo, mirarla cara a cara y decirle unas cuantas cosas.

Cosas de mi Padre.

Los niños son verdaderos artistas a la hora de hacer preguntas que se van complicando. Mi padre me había dicho que los locos eran personas a las que la realidad no les ajustaba. Con este comentario respondía a una pregunta atrasada. Porque, el de los locos, era un tema que me interesaba especialmente; y, quién sabe, cualquiera podía ser candidato. Después, me quedé pensando un rato largo y llegué a la conclusión de que los locos podían ser como esos árboles que vemos pasar corriendo cuando vamos en coche, que dependiendo del ángulo de la vida desde el que se los mire, podían estar siempre fugándose.
Un día vino a comer una autoridad a nuestra casa. Todavía no he dicho que mi padre era asesor de un ministro y mi madre una dama muy entretenida, ocupada en salones de belleza, reuniones sociales y actividades culturales.
La mesa se había preparado como en las películas: un gran adorno de flores naturales en el centro, cubertería de plata y loza de la más fina porcelana procedente de algún afamado sitio de Francia.
En estas ocasiones se sacaba todo; se mostraban los trofeos. Yo estaba sentada entre mis dos hermanos mayores; el invitado quedaba justo enfrente de mí. Mis padres presidían la mesa y, como es lógico, hacían los honores.
La conversación era un triángulo entre los tres adultos, en tono suave y agradable, pero en unos términos difíciles de entender. Aquí había dos realidades, no cabía duda: el triángulo por un lado; nosotros enfrente, como otro trofeo de mis padres que también era preciso mostrar. En ese momento creí que la realidad estaba desacoplada, porque no se repartía por igual sobre la mesa que estábamos compartiendo.
Quise verificar si estábamos locos en ese momento, por si la demencia fuera algo que va y viene apremiada por la necesidad, como el hambre o el sueño. Aprovechando un silencio pregunté a mi padre en qué clase de realidad desajustada vivían los locos y en qué ocasiones se manifestaba. Me miró impresionado, como si yo fuera tonta, Y como era su costumbre, se levantó y salió al porche.
Mis hermanos parecían estatuas. Mi madre intentó arreglarlo todo con una risita amable y un murmullo nervioso de palabras, que no surtieron ningún efecto.
Después vino el silencio.
Bajé la cabeza, pero siguiendo con los ojos los pasos de mi padre; y le oí repetir mi pregunta entre dientes y después clamó al cielo: ...pero, ¿qué he hecho yo, Dios Santo?
El invitado hizo su contribución al mutis, estupefacto.
Gracias a los aspavientos de mi padre, y a ese radar de largo alcance que los niños tenemos, comprendí que mi afición por las preguntas tocaba su fin.
Así supe que la realidad podía convertirse un grave problema si no sabemos controlar nuestros pensamientos.
Aquel día llegué a la conclusión de que la realidad de los niños pertenecía al mundo de los adultos; y la de los animales domésticos era un subconjunto de la nuestra.